ME QUEDAN exactamente dos días
para que mi cuerpo y mi mente se embarquen de nuevo con destino a la ciudad que parece
mover los hilos de muchos de los sueños de los mortales: Nueva York.
He tenido tantos ajustes en este 2023 que
todavía no he gestionado lo de que me voy, lo de que estaré en la Quinta Avenida respirando el aire que se
filtra por las alcantarillas y que deja una cortina de humo recogida en tantas y
tantas películas. En momentos de tanta ocupación, el vapor de mi cabeza no saldría de muy distinta
tonalidad.
A veces, me gustaría ser uno de
esos aventurer@s que no están el suficiente tiempo en ningún sitio como para
tomar cariño a alguien o generarse un hábito. Descubriría millones de rincones
nuevos que no me provocarían expectativas, puesto que aunque no quiera, inevitablemente, desde teenager, lo que me apetece planea siempre por mi cabeza
y, de naturaleza artificiera, me lanzo y ahí puede que me estrelle… De ideas fijas, oiga…
Pienso ya en travesías y
colores, me muero por ver de cerca otra vez el yellow
Taxi neoyorkino, el red corazón del logo I love NY, el green del bronce de la
Estatua de la Libertad (de este tono por diversas reacciones químicas) y hasta
el brillo de las barras y estrellas… Comer
Hot Dogs callejeros, hamburguesas XXL, meterme en una sudadera que rece NYC o
algo así, perder mi vista en el Hudson de noche, subir al Empire State e
inspirarme, que seguro que lo hace.
Como bikelover abriré
bien los ojos para, de nuevo, avistar a los mensajeros de Nueva York, un símbolo más que
me atrae, sobre todo, después de ver Line of Sight de Lucas Brunelle. Echad un vistazo en Vimeo. Espectacular.
Mi deseo tras despertarme del American
dream es volver con más colores que las de las cintas con que los fisioterapeutas
alivian los dolores musculares, con más
ganas que las que invertí en conquistar quimeras, con más claridad que el
lenguaje de los concisos post it que iluminan mi mesa de trabajo y traerme un
chubasquero transparente que haga resbalar la lluvia (de pensamientos y
palabras que no quiero oír) que cae sobre mi cabecita de cabellera, a veces,
infame.
Me acuerdo entonces de un libro muy divertido que me creó también mucho hype sobre la ciudad que nunca duerme: Yo love NY de Lindsey Kelk (Esencia, 2010) que te recomiendo porque amén de hacerte enamorarte de Nueva York, hay inicios desde cero, amistades nuevas, amores y un blog de por medio. Os lo recomiendo. Puro chicklit.
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